Por Laia Font |
Estaba sentada en un banco de la plaza central, como hago siempre que me encuentro en una ciudad nueva, para observar el movimiento, y podría haber contado con los dedos los segundos que tardó un hombre a acercárseme a hablar. Después de un mes viajando sola una ya estaba acostumbrada, pero hay casos y casos.
Era un chico joven, argentino, cargaba con él un rollo de alambre y unas figuras extrañas hechas con el mismo material.
-Hola, ¿tienes un momento?- me preguntó con esa simpatía forzada de algunos vendedores ambulantes.
-No, gracias- respondí, en tono seguro pero amable, como diciendo por favor no, pero te lo agradezco, esperando que se contentara con eso.
Pero no se contentó. Empezó a explicarme historias que ni recuerdo, porque no me importaban nada. Solo me quedé con un lapidario “soy un genio en lo que hago’’, fuera lo que fuera eso que hacía.
Yo le dije que no podía en ese momento, que estaba ocupada y la situación se volvió tensa. Me empezó a preguntar que por qué no le hacía caso y a decir que era una antipática. Yo le dije que simplemente no quería, que estaba en otra cosa, pero tampoco fue suficiente.
Casi todos los demás bancos de la plaza estaban llenos y se lo dije:
-Tienes a mucha otra gente, ¿no puedes probar con ellos?
-Pero es que yo te elegí a ti- me soltó. Claro, en los otros bancos no había más que hombres viejos. Yo era la chica sola, joven, indefensa, a su disposición.
Según él, como me eligió, yo tenía que cumplir con sus deseos y dejar que invadiera mi espacio y gastara mi tiempo. A su servicio, señor.
El chico se aceleró. Empezó a criticarme subiendo la voz. Yo me sentía mal, dudaba, me cuestionaba si quizás no tenía razón, y mis nervios iban en aumento. Nadie alrededor parecía darse cuenta.
-¿Pero por qué tengo que darte explicaciones?- Conseguí articular. No dejes que te convenza, me decía. Pero tampoco me respondió a eso.
-Pues para venir con esta actitud vuélvete a Europa- soltó de golpe, y añadió algún insulto que no recuerdo.
Y entonces ya estallé. Cogí mi mochila, me levanté y me fui rápidamente hacia ninguna dirección en concreto. Me sentía violentada y enfadada, pero también indefensa y a la vez con cierto sentimiento de culpa.
Quizá si se lo hubiera dicho distinto… quizás fui muy dura… quizás iba con buena intención… pero no.
Han sido tantos los hombres desconocidos que me han venido a hablar viajando sola. Algunos con excusas de peso pero otros tan abiertamente, simplemente para hablarme, ya ni los puedo contar.
Evidentemente no todos tienen malas intenciones, hablando con desconocidos he conocido a gente genial, pero el hecho que hayan sido tantos más que las mujeres que lo han hecho ya dice algo. Y además, ninguna de las mujeres ha insistido nunca en caso de yo no estar receptiva.
Estas situaciones no son problemáticas cuando se dan en el centro de una ciudad y a plena luz del día, pero ¿qué pasa cuando se dan de noche y estás sola? ¿Qué pasa si le digo a alguien que no? O por lo contrario, ¿tengo que aguantar y darle el gusto de conversar conmigo aunque no quiera?
El acoso callejero empieza por un sutil silbido, sigue con conversaciones obligadas, y acaba en la violación. Cada situación es solo un nivel distinto de abuso y violencia de una gran pirámide llamada machismo.
Abuso y violencia es creer que se tiene derecho sobre otra, a la que se ve inferior, sin pedirle permiso o sin querer ver que desde esa posición la persona no quiere.
Y esto va desde creerse con el derecho a opinar sobre un cuerpo, a exigir su atención, su tiempo, a vulnerar su espacio, hasta el punto extremo, de poder abusar de su cuerpo.
Para los que dicen que no todos son iguales: obviamente, sino ya no estaríamos vivas, es verdad. Pero entonces, ¿por qué no nos ayudan y se ponen de nuestro bando? No nos silben, no nos hablen, no nos demanden nuestra atención si no nos interesa. O si lo hacen, bien, prueben, pero tráguense las negativas y aprendan a aceptar la realidad. Si queremos conversar ya empezaremos nosotras, que también tenemos boca.
Ph.: Florencia Di Tullio
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