A un mes del #8M
Fernanda Miguel
“...Trabajar con muchas mujeres es… muy complicado…” “… es un conventillo…” “... compiten todo el tiempo y se pelean”
Trabajo desde hace unos años con muchas mujeres y siempre pensé que aquellas frases me generaban mucha incomodidad. Por mi propia experiencia, trabajar con mujeres no tenía nada que ver con esas expresiones que circulan en muchos ámbitos de trabajo y que se repiten sin preguntarse por qué, si ocurre siempre y en todos los ámbitos, y si solamente es complicado trabajar con mujeres.
El 8 de marzo mis compañeras de trabajo y de la Red Interdisciplinaria de Estudios de Género de la Universidad Nacional Tres de Febrero nos organizamos para parar nuestras actividades y asistir a la marcha que tuvo lugar desde Plaza de Mayo a la Plaza de los dos Congresos.
Conformamos una red no solo para compartir un espacio vinculado a los estudios de género, sino también para luchar contra la desigualdad de género presente en las relaciones que establecemos en la Universidad. Desigualdad que se expresa a través de situaciones de discriminación, acoso y violencia hacia las mujeres y personas cuya identidad u orientación sexual no se corresponden con las expectativas heteronormativas de la sociedad. Sí, porque en estas instituciones de altos estudios donde profesores acumulan muchos años de estudio y numerosas certificaciones también se dan situaciones de violencia entre colegas, entre estudiantes, entre estudiantes y docentes, entre jefes y empleados/as.
Como docentes escuchamos que algunas estudiantes abandonan sus estudios porque a sus parejas les genera celos y les tiran los apuntes, o porque simplemente creen que pueden tomar decisiones sobre su proyecto de vida. También escuchamos cómo las mismas estudiantes afrontan situaciones de discriminación, acoso y violencia no solo por parte de sus compañeros varones, sino también por parte de profesores que no terminan de convencerse que la universidad también es una espacio para ellas y creen que por el simple hecho ser mujeres pueden vomitar comentarios o preguntas sobre su sexualidad.
Las trabajadoras de la universidad, mientras tanto, hacemos el trabajo de dos o tres varones, desempeñamos tareas que no tienen que ver con nuestro cargo, ganando mucho menos solo por el hecho de ser mujeres.
El camino hacia el Congreso, teñido de verde y violeta, no pasó desapercibido por los transeúntes de Caseros desde donde salió un micro hacia el centro de la ciudad. Tampoco fueron indiferentes aquellos que, al caer la tarde, observaban a cientos y miles de mujeres caminar juntas con consignas en múltiples lenguajes: escritas en carteles, impregnadas en ritmos musicales, contenidas en danzas y expresadas en representaciones teatrales.
Entre las calles que unen las plazas, nos encontramos con las adolescentes que “se embarazaron por un plan” pero nunca nadie te contó que esos embarazos fueron producto de un abuso, de un noviazgo violento o del simple deseo de ser madres antes que otras mujeres.
Estaban también “las jóvenes que no estudian ni trabajan”. Las Ni Ni cuyas tareas de cuidado de hermanos, sobrinos, y abuelos no cuentan como trabajo. -5 de cada 10 jóvenes de 15 a 29 años cuida niño/as y/o a personas mayores [1] de manera no remunerada-.
Estaban esas mujeres mayores que están cobrando una jubilación “por no haber trabajado nunca en su vida” pero lo que nadie te contó es que resignaron su vida laboral para cuidar a sus hijes, mientras sus parejas iban a trabajar con vianda y volvían a una casa que brillaba por su limpieza.
Vimos a esas “malas madres” que llevan a sus hijes a cada marcha, piquete y movilización porque no tienen con quien dejarlos. Al mismo tiempo que los cuidan, les enseñan la importancia de luchar por lo que consideran justo.
Vinieron aquellas a las que la policía una vez echó de la plaza por darles el pecho a sus bebés, porque sus pechos valen más siendo sexualizados en la televisión que para alimentar.
Estaban las que desearían que el día tenga más de 24 horas porque el tiempo no les alcanza para trabajar, hacer las cosas de la casa y cuidar a sus hijes. Las que les gustaría compartir ese trabajo con sus parejas porque ellas destinan más del doble de tiempo a tareas no remuneradas [2].
También se encontraban aquellas que luchan por un salario justo, porque las mujeres ganamos un 30% menos que los varones [3]. Forman parte del exiguo 18% de mujeres que lograron ocupar cargos altos en gremios y sindicatos [4].
Vimos aquellas enamoradas que mientras se daban un beso, un policía las detuvo y un par de jueces consideraron que era delito y procesaron a una de ellas, aunque la sociedad y más tarde la ley ya habían aceptado y aprobado que el amor entre personas del mismo sexo también existe.
Estaban “las que provocan a los varones por la calle y después se quejan porque les dicen piropos”, pero nunca a nadie pidieron opinión sobre sus cuerpos o lo que llevan puesto. Marcharon junto a aquellas estudiantes que exigen educación sexual integral y un código de vestimenta más igualitario en las escuelas.
Marchaban las que vuelven muy tarde a sus casas y mientras están llegando se preguntan si hubiera sido mejor tomar un remis o un taxi, junto a las que se toman un remis o un taxi, pero mientras el conductor toma el camino más largo y complicado piensan que tal vez hubiera sido mejor tomarse el colectivo y caminar.
Un grupo numeroso, trataba de explicar que los homicidios de mujeres ocurridos cada 29 horas [5] no son crímenes pasionales, son femicidios; que la violencia hacia las mujeres no se trata solo de golpes, se presenta también detrás de los celos y el control; que no es un tema personal o privado, sino que es un problema social y el Estado es responsable.
Estaban las que nunca recibieron educación sexual integral en las escuelas, las que les negaron la pastilla del día después en la salita y las que abortaron aún poniendo en riesgo su propio cuerpo o temiendo que las metieran presas. Estaban las que abortaron porque, a pesar de todo, decidieron libremente sobre su propio cuerpo y luchan para que el aborto sea legal, seguro y gratuito para las mujeres y varones trans.
Finalmente, compartimos charlas con aquellas que te convencen con mucho cariño, pero también con las que confrontan porque esa también es una forma de hacer política.
Estábamos todas ahí, por una o varias razones, demostrando que los lugares de trabajo son ese conventillo en donde se expresa la incomodidad y la injusticia de género; que también podemos hacer de nuestros lugares de trabajo espacios de compañerismo y sororidad; porque aprendimos que ser víctimas, no es victimizarse; y que nuestros victimarios no son los varones sino la figura del macho necesaria para reproducir un sistema que no puede producir sin nosotras.
Seguramente había muchas más que no alcanzamos a ver y otras que no se animaron a ir porque les dijeron que ir a una movilización es muy peligroso. Con todas ellas no dudo que nos volveremos a encontrar cada 8M.
[1] INDEC (2015) Encuesta Nacional de Jóvenes 2014.. Disponible en www.indec.gov.ar/ftp/cuadros/poblacion/resultados_enj_2014_2.pdf
[2] INDEC (2014). Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo. Disponible en www.indec.gob.ar/nivel4_default.asp?id_tema_1=4&id_tema_2=31&id_tema_3=117
[3] INDEC (2017). Encuesta Permanente de Hogares.
[4] Ministerio de Trabajo. Empleo y Seguridad Social de la Nación. Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales. La Participación Femenina en las Comisiones Directivas de las Organizaciones Sindicales.
[5] -MuMaLá- Mujeres de la Matria Latinoamericana Observatorio de la violencia contra las mujeres. www.observatorioniunamenos.org.ar/
Ph: Florencia Di Tullio
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